N°30
GÉNERO & TRANS

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N°30
GÉNERO & TRANS

Editorial, ¿Se trata de un Cuerpo Equivocado?
por Edit Beatriz Tendlarz
Los cambios en el transexualismo
por Luis Darío Salamone
¿Transexual?
por Luis Tudanca
Sueños y fronteras
por Andrea Cucagna
¿Qué circula hoy entre los sexos?
por Claudia Lijtinstens
Lo nuevo y lo viejo en la distribución sexual
por Manuel Fernández Blanco
Transexualismo: Una pasión por querer resolver un imposible
por Daniel Aksman
Fuera de Género
por Silvia Salvarezza
El ombligo de Lacan
por Gerardo Arenas
Los tecnoamores del siglo XXI
por Daniel Millas
De mujeres, de amores nuevos, y también los de siempre
por Gustavo Dessal

¿SE TRATA DE UN  CUERPO EQUIVOCADO?
POR EDIT BEATRIZ TENDLARZ*

El tema que ofreceremos a nuestros lectores en este nuevo número del Aperiódico Psicoanalítico gira alrededor de la cuestión de la transexualidad ¿ Qué tiene el psicoanálisis para decir de esto?

Como cualquier condición sexual asumida por el ser hablante, dependera de lña elección sexualy del registro de la vida erótica en el goce, en el deseo y en el amor.

Según Lacan ser hombre o mujer es una posición asumida por el ser hablante, en la que el sexo no es dado a priori. La estructura, neurosis o psicosis, no está subordinada a la cuestión sexual.

Leeremos ahora el testimonio de Julián.

Me llamo Julián Chacón.

No es el nombre que eligieron mi madre y padre para mí, ni el apellido de ningunx de lxs dos. Pero el nombre con el que me habían inscripto en todos los registros no me representaba.

Cuando nací me pusieron nombre de mujer, me clavaron un vestidito, me pintaron el cuarto de rosa, me regalaron un millón de muñecas y me perforaron las orejas para ponerme aros (entre otras cosas), todo por mi genitalidad, por nacer con vagina.

Desde mis primeros movimientos y expresiones siempre mostré tendencia hacia lo “masculino” (muy entre comillas porque es un término que termina por ser muy subjetivo, que es lo masculino y para quien?), algo que para todo mi entorno era negativo y horroroso, o mínimo que se les planteaba el interrogante de porque me movía así. Y yo también empecé a tomarlo como algo negativo y horroroso, algo a preguntarme porque era así, si para todo el mundo estaba mal, y era algo a revertir. Al fin y al cabo, sólo era un niño jugando. Un niño como cualquier otro, expresándose. Pero por las características de mi cuerpo eran juegos y expresiones que no iban conmigo.

Es por eso que siento que crecí con la necesidad de tener un pene. Para hacer todo lo que yo quería sin sentirme interrogado u observado, era necesario ser un chico, y para ser un chico era necesario tener un pene. O al menos eso es lo que me enseñaron en su momento.

Realmente sentí que estaba en el cuerpo equivocado. Que mi cuerpo debía verse de otra forma para poder ser.

Pecho plano, un millón de pelos, alto, musculoso, voz gruesa.

Y un pito gigante, claro… cuanto más grande mejor.

Y encima, solo. Sintiéndome un extraterrestre. Que, si bien recibí la contención de muchísimas personas que aun hoy me acompañan, nunca me sentí comprendido. Pero era algo lógico, no conocía a nadie que haya pasado el cuerpo por una situación similar. Es difícil en este mundo de vaginas oprimidas y calladas el libre desarrollo identitario de los cuerpos estrogenados.

Hasta que me encontré con mis compañeros trans. Personas que no les tenía que explicar nada, ya entendían como me sentía. Había más pibes como yo, no estaba loco. No estaba solo. No era un extraterrestre.

Y me trataban como pibe, y me nombraban como pibe, y me reconocían como pibe. Con este cuerpo. Nunca había pasado.

Es increíble como casi al instante la necesidad de un pene se evaporó. Ahora entiendo que para lo único que lo quería era para ser reconocido. Para poder hacer sin ser cuestionado.

Y de repente estaba pasando, con este cuerpo. Con esta vagina.

También tuve la necesidad de hacerme una mastectomía bilateral, que es la intervención quirúrgica mediante la cual se extirpan las glándulas mamarias y la grasa que las recubre. Quería andar en cuero, meterme a la pileta, revolear la remera en el pogo de algún recital. Sin ser cuestionado en el intento, claro. El requisito: pecho plano.

Hasta que lo empecé a hacer, con este cuerpo, con estas tetas. Y si, muchas veces me cuestionan o se quedan con la cabeza trabada, pero no voy a esperar un segundo más para ser libre en este cuerpo y esta identidad. Ni voy a depender de nada ni nadie. Y así fue como convivo con mis tetas de pibe y soy muy feliz.

No solo crecí con un rechazo muy grande hacia mi cuerpo, que por sus características se me cuestionaba todo lo que me gustaba, sino que también con mucho asco hacia los penes. En chiste le decía “pitofobia”. Desde muy chico me gustaron las mujeres. Mujeres como me habían enseñado que su cuerpo debía ser. Con vagina. Y todas las características que te dicen que te tienen que gustar: flaca, rubia, tetota, culona…. Pero por el momento nos focalizaremos en la genitalidad. Hoy lo entiendo como mi manera de reafirmar mi género en aquel momento, con las pocas herramientas que tenía. Que tenía asociada la vagina a las mujeres, y el pene a los hombres. Y una de mis formas de consolidar mi masculinidad era penetrar vaginas. Obviamente, jamás la mía. También había aprendido a deslegitimizar la masculinidad de los hombres penetrados.

Desde que puedo nombrarme con mi nombre y mi identidad, me siento atraído hacia las personas independientemente de su genitalidad, identidad de género y orientación sexual. Creo que tiene que ver con la seguridad que siento por ser quien soy. Mi identidad ya no está en juego, y no necesito demostrarme ni demostrarle nada a nadie.

Ahora entiendo que no era el nombre. Si no toda la imposición alrededor de una identidad que no tenía nada que ver con mis expresiones, gustos y juegos. Y ese nombre, en el oído de todxs, significaba que yo era mujer, incluso para mí.

Después de un proceso extensivo de intento de desconstrucción de la realidad como me la habían enseñado, puedo sacar la conclusión de a pesar de ese binarismo en los nombres que sí existe y está super instalado, es independiente la carga social del mismo, con la identidad de género, y a su vez independiente de la expresión de ese género. Ni hablar de la genitalidad, que está muy lejos de definir la identidad de nadie.

Hoy puedo llamarme de cualquier forma que voy a estar seguro de mí, pero me fue indispensable quitarme esa “A” del nombre y tener esa “M” en el D.N.I. para poder sentir mi identidad reconocida. En un nombre y un género que sí me representaba, para después poder romperlo otra vez, y formar el mío propio. Ni uno ni otro, único.

Ahora entiendo que no tenía que ver con los vestidos, con el color rosa, con las muñecas, con los aros. Que son tan solo cosas con las que las personas pueden interactuar sin importar su identidad. Pero lo cierto es que en ese momento no las elegí. Me las enchufaron por tener vagina.

Hoy me encanta el rosa, me pinto las uñas y me maquillo, y hace poco me compre mi primera pollera, que está divina. Pero porque lo elijo yo. Y si bien hoy puedo elegir lo que sea porque estoy seguro de mí, lo cierto es que necesite bañarme de azul, vestirme de traje y sacarme esos aritos de mierda que nunca me gustaron… para después romper todo otra vez y ser la marika que soy hoy.

Ahora entiendo que no era mi cuerpo o como debía verse, que la forma de los mismos es independiente de la expresión del ser. Pero lo cierto es que me enseñaron (como a todas) que tales conductas se condicen con ciertos aspectos físicos (alta gilada que cuanto daño hace).

Hoy puedo andar en tetas, decir la palabra vagina sin ningún pudor y hasta jugar con la idea de gestar un embarazo. Y si bien hoy puedo sentirme lo suficientemente libre en esta fisionomía, en su momento necesité sentir algo colgando entre las patas, fajarme el pecho, e interrumpir mi ciclo menstrual. Y tantas violencias que sufren nuestros cuerpos para poder ver en el reflejo lo que nos dijeron que debía ser.

Ahora entiendo que no era el pene, sino una necesidad de reafirmar mi identidad a través de mi sexualidad. Que la identidad de género, la genitalidad, y la orientación sexual son cosas muy distintas. Pero lo cierto es que hasta hace poco no tocaba un pene ni con un palo. Solamente yo sé el asco que me producía.

Hoy siento que se destapó una olla que no para de sorprenderme. No sólo siento que me gustan las personas más allá de lo que nos muestran constantemente y entendía que es un cuerpo deseable, si no que me gustan por motivos propios, que elijo yo. Con mis gustos. Pero en ese momento necesité ser la torta chonga que creía que era, para después ser un chabón paki heterosexual, para después querer voltearme a todo el mundo, para al final tener mi gusto propio y poder elegir.

Hoy entiendo que las personas nacen, y se construyen. Independientemente  de las características físicas. Ningún rasgo físico puede determinar conductas o gustos.

Y te hacen creer que naciste en un cuerpo equivocado. Este es mi cuerpo, y se mueve así. No hay nada de malo en eso. Aparte es el único que tengo… No sé qué pretendían o pretenden, pero no es mi problema. Ya no es mi problema nunca más. Para mi es mi cuerpo de chabón y es hermoso.

Soy un pibe. No me falta ni me sobra nada. Un pibe con vagina, útero, ovarios, trompas de Falopio, y un par de tetas, entre tantas otras cosas.

Un pibe completo.

En este momento en el que esta condición está despatologizada y parece quedar atrás las certezas sobre su relación con las psicosis, nos parece necesario que se abra un campo de investigación desde el psicoanálisis que permita una articulación teórico-clínica conjugando una amplia casuística con  las perspectivas teóricas que permitan analizarla.

Por eso nos ha parecido pertinente abrir este número con una editorial que contenga el testimonio de un trans: una mujer que se siente hombre, a tal punto es su certeza que puede prescindir de cualquier intervención que afecte sus carcteres sexuales secundarios.

Se trata de un varón al que no le falta ni le sobra nada. Esto lo dirá él mismo al final de su testimonio.  Δ

 

* Psicoanalista · Miembro EOL · Miembro AMP  · Docente UBA · Miembro AASM · Presidenta capítulo AASM “El impacto de la época  en los cuerpos“ etendlar@fibertel.com.ar



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